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La Vieja del Monte

 

   

…En las noches de verano, allí estábamos un enjambre de niños, jugando en la calle y esperando oir las voces de nuestros padres charlando y riendo de regreso de la mina, bajando por lo alto La Lomba y luego por el Pando abajo….
Casi nos abalanzábamos sobre sus fardelas para comprobar si un día más nos había llegado la merienda…


Cuenta la leyenda que en los montes de Llombera vivía una anciana de rostro cubierto de arrugas y cabellos de plata, bajo un pañuelo negro, que amasaba y amasaba pan para que los mineros se lo llevaran a sus niños.


- ¿Qué me has traído? – preguntábamos todos los guajes a nuestros tiznados padres cuando regresaban de su jornada de carbón.

- Pan de la Vieja del Monte, que me lo dio para ti – respondían los padres con amplia sonrisa, sacando de su fardela un trozo de pan blanco.

Las fardelas eran bolsas hechas de tela en colores oscuros, para que no se apreciara la suciedad que da el carbón, y que por uno de los lados llevaba una cinta que al tirar de ella se cerraba y al mismo tiempo servia para colgarlo de algún astial dentro de la mina y así poder evitar que las ratas dieran cuenta de la merienda.

El almuerzo de los mineros, habitualmente era el mismo, un trozo de hogaza de pan, acompañado de un poco de chorizo, jamón, o tortilla; y por supuesto la bota de vino.

Los niños cogíamos así la merienda, preguntándonos por qué no bajaría alguna vez la anciana de las montañas y nos lo daría personalmente o por qué los mineros no nos llevarían a conocerla. La Vieja del Monte, era considerada alguien entrañable y protector.

-¿Cuándo me llevaras contigo para verla?
- ¿Es buena la Vieja del Monte?
¡Que ganas teníamos de conocerla!

Imaginábamos a la señora con más años que la Tierra en su cocina con la lumbre en el suelo, con un poco de harina en la nariz y las mejillas coloradas, amasando con esmero junto al fuego y después entregando su regalo a la mina para que los más pequeños no pasaran hambre.

A veces, el pan de la anciana estaba envuelto con cuidado en papel de periódico y sus letras quedaban grabadas en la corteza, que había que raspar para quitar también el polvo de la mina, pero no importaba, estaba tan rico… Otras veces, en la fardela aparecía un trozo de tortilla o de chorizo que mataba el hambre, e incluso flores silvestres como regalo añadido de la Vieja del Monte.

Durante generaciones, los niños de Llombera soñaron y agradecieron esos gestos de ternura de una viejina desconocida… sin imaginar que aquel mendrugo de pan y restos de tortilla en realidad eran parte de la comida de sus padres, que preferían comer menos y traer la merienda a sus hijos, aunque fuera a costa de pasar desapercibidos frente a la leyenda de la Vieja del Monte.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de la página de Llombera, así como de las descripciones que contiene, la transmisión de las mismas por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, sin autorización previa y por escrito de los autores de la misma.

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